Durante décadas, México ocupó en el mapa tecnológico global el papel de proveedor de servicios y soporte, no de creador. Ese rol está cambiando. Analistas del sector privado y académicos de instituciones de primer nivel advierten que el país atraviesa lo que describen como su tercera fase de desarrollo tecnológico: la transición de la manufactura y el servicio hacia la creación de productos de alto valor con impacto internacional.
El fenómeno del nearshoring, impulsado por la reconfiguración de las cadenas globales de suministro, trajo a México no solo fábricas sino también centros de investigación y desarrollo de empresas tecnológicas de primer nivel. Esto generó una demanda inédita de ingenieros, diseñadores de software y especialistas en inteligencia artificial que las universidades mexicanas aún luchan por satisfacer en volumen y especificidad.
Las zonas metropolitanas de Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México concentran la mayor parte de esta actividad, con una proliferación de startups, aceleradoras y fondos de capital de riesgo que antes solo existían de forma marginal en el ecosistema nacional. El reto ahora, señalan los expertos, es retener ese talento ante la atracción de salarios en dólares que ofrecen empresas estadounidenses y canadienses operando en suelo mexicano.
Para consolidar esta transición, especialistas subrayan la necesidad de una política pública que articule inversión en ciencia básica, formación de talento, acceso a financiamiento para emprendedores y marcos regulatorios que protejan la propiedad intelectual. Sin esa infraestructura institucional, el auge tecnológico actual corre el riesgo de quedarse en la superficie sin generar capacidades propias sostenibles a largo plazo.

