El Instituto Nacional de Estadística y Geografía publicó datos que confirman cerca de 33 mil homicidios en México durante 2024, una cifra que mantiene al país entre las naciones más violentas del mundo en términos absolutos. Aunque la tasa por cada 100 mil habitantes ha mostrado una ligera reducción en algunos estados, el impacto acumulado de años de violencia extrema comienza a manifestarse en crisis silenciosas de salud mental.
Especialistas en psicología infantil y salud pública advierten que la exposición continua a noticias de violencia, la pérdida de familiares y el deterioro del tejido social generan cuadros de estrés postraumático, ansiedad y depresión en menores de edad, especialmente en estados con alta incidencia delictiva como Guanajuato, Colima y Guerrero.
El fenómeno no es exclusivo de las zonas de alta conflictividad: estudios recientes documentan que incluso en ciudades con menor violencia directa, la cobertura mediática y las conversaciones familiares sobre inseguridad afectan el desarrollo emocional de los niños. Los sistemas de salud pública carecen de suficientes recursos para atender esta demanda creciente de servicios de salud mental.
El gobierno federal anunció una estrategia de fortalecimiento del programa de salud mental comunitaria para 2026, aunque organizaciones civiles señalan que los recursos asignados siguen siendo insuficientes para dimensionar la magnitud real del problema.

