Uno de cada tres migrantes que transita por México procedente de Centroamérica es menor de 18 años. Así lo indican datos compilados por organismos humanitarios y autoridades migratorias. La cifra es especialmente alarmante porque una proporción significativa de estos menores viaja sin un adulto que los acompañe, exponiéndolos a redes de tráfico, explotación y violencia en el camino.
Honduras, Guatemala y El Salvador siguen siendo los principales países de origen. La combinación de violencia de pandillas, pobreza extrema y la percepción de que el camino hacia Estados Unidos es más transitable ha disparado el número de menores que emprenden el viaje solos, en muchos casos enviados por sus propias familias con la esperanza de que logren cruzar.
México enfrenta una presión creciente sobre su sistema de albergues y centros de atención para menores migrantes. Las organizaciones que trabajan en el terreno denuncian saturación, falta de personal especializado y ausencia de acompañamiento psicológico para niños que han sobrevivido experiencias traumáticas durante el trayecto.
El tema regresa al centro del debate ante la renegociación de los acuerdos de cooperación migratoria con Estados Unidos, que exige resultados concretos en la contención del flujo. Los defensores de derechos humanos advierten que las políticas de contención no pueden ignorar la condición de vulnerabilidad especial de los menores.

