En un entorno global marcado por la tensión en el estrecho de Ormuz, el petróleo en máximos y la incertidumbre sobre las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, el peso mexicano mostró una resiliencia que sorprendió a varios analistas: el dólar cotizó en 17.40 pesos según el Diario Oficial de la Federación, manteniéndose dentro de un rango que el mercado considera manejable.
La fortaleza relativa del peso se explica en parte por los ingresos petroleros que México recibe a precios más altos, las remesas —que siguen siendo uno de los principales flujos de divisas al país— y la percepción de que la economía mexicana está relativamente aislada de la volatilidad directa del conflicto en Medio Oriente. Sin embargo, los economistas advierten que esa calma puede ser temporal.
Si el barril de petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares durante semanas, los costos de importación de combustibles refinados y materias primas industriales subirán, lo que eventualmente se traducirá en presión inflacionaria. El Banco de México enfrenta entonces un dilema: recortar tasas para estimular una economía que se prevé estancada en 2026, o mantenerlas altas para defender la moneda y contener la inflación.
El Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) señaló en su reporte de abril que el entorno nacional complica las proyecciones y que cualquier escalada adicional en el conflicto de Medio Oriente podría revisar al alza las estimaciones de tipo de cambio para el segundo semestre del año.

