El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, descartó públicamente cualquier expectativa de que los aranceles impuestos por la administración Trump a productos mexicanos sean eliminados durante la revisión del T-MEC. La confirmación llegó después de que el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, transmitiera a líderes empresariales en México el mensaje directo de la Casa Blanca: 'los aranceles llegaron para quedarse', incluso con la renegociación del tratado en curso.
Los gravámenes, que en sectores clave alcanzan el 25% bajo argumentos de seguridad nacional y control fronterizo, llevan más de un año presionando a las industrias automotriz, siderúrgica y del aluminio en México. A pesar del impacto inicial, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos lograron superar las expectativas: en febrero de 2026 alcanzaron 44,310 millones de dólares, frente a los 41,638 millones del mismo mes del año anterior. Sin embargo, los analistas advierten que esta resiliencia tiene límites.
La nueva posición oficial del gobierno mexicano es negociar una reducción de los aranceles 'en lo menos posible', abandonando formalmente la demanda de eliminación total. Ebrard reconoció que el sector automotriz enfrenta el mayor riesgo estructural, dado que más del 50% de las exportaciones manufactureras de México tienen como destino el mercado estadounidense. El cambio de postura representa un giro estratégico que las cámaras empresariales reciben con inquietud.
El giro de estrategia marca un punto de inflexión en la relación comercial bilateral. Economistas advierten que esta nueva realidad obliga a México a acelerar su diversificación hacia mercados europeos, asiáticos y latinoamericanos, o arriesgarse a perder competitividad en sectores que durante décadas dependieron casi exclusivamente de la integración con Estados Unidos. La pregunta que nadie puede responder con certeza es cuánto tiempo puede sostener México el equilibrio entre dependencia comercial y soberanía de negociación.

