Intel presentó los resultados correspondientes al primer trimestre fiscal de 2026, un momento de máxima atención para la industria tecnológica global. La compañía llegó a esta presentación después de cerrar el ejercicio 2025 con pérdidas netas de solo 267 millones de dólares, una reducción del 98.6% respecto a los devastadores 18,756 millones perdidos en 2024. Para una empresa que llegó a ser considerada en declive irreversible, los números representan una de las recuperaciones corporativas más sorprendentes de los últimos años.
El catalizador principal del giro fue el acuerdo Terafab, una asociación estratégica que reorganizó la estructura de fabricación de la compañía y permitió que su negocio de centros de datos e inteligencia artificial (DCAI) creciera un 15% de manera secuencial, alcanzando los 4,700 millones de dólares, el ritmo de crecimiento más rápido de ese segmento en una década. El efecto en el mercado bursátil fue contundente: las acciones de Intel subieron un 76% en los primeros meses de 2026, recuperando una porción significativa de la confianza inversora perdida en años anteriores.
La presentación de resultados del primer trimestre llegó con proyecciones de ingresos de entre 11,700 y 12,700 millones de dólares, con pérdidas por acción estimadas en 0.21 dólares. Los analistas de Wall Street esperaban con atención si la compañía podría confirmar la tendencia positiva o si los desafíos estructurales del sector de semiconductores volverían a ensombrecer los números. La guerra comercial entre Estados Unidos y China, que afecta directamente las cadenas de suministro de chips, es la variable más difícil de controlar.
El desempeño de Intel tiene consecuencias que van más allá de los mercados financieros: la compañía es un eslabón fundamental en la cadena global de suministro tecnológico, y su recuperación o caída afecta desde fabricantes de computadoras hasta proveedores de infraestructura de inteligencia artificial. Para México, que compite por atraer inversiones del sector de semiconductores como parte de la política de nearshoring, la salud de Intel es un indicador relevante del apetito global por nuevas plantas de producción tecnológica.

