Los líderes de la Unión Europea se reunieron en Nicosia, capital de Chipre, para una cumbre informal que buscó construir una posición común ante los principales desafíos geopolíticos del momento. La elección de la sede no fue casual: Chipre es el miembro de la UE más cercano geográficamente al Líbano y a Israel, y su presencia en la agenda de la cumbre cargó la reunión con una dimensión simbólica difícil de ignorar, justo cuando en Washington se celebraba la segunda ronda de negociaciones directas entre Tel Aviv y Beirut.
Entre los temas prioritarios de la agenda europea figuraron la respuesta del bloque ante los aranceles de Trump —que también afectan a productos europeos y han generado una guerra comercial con Estados Unidos que la UE trata de navegar sin escalar— y la cuestión de la autonomía estratégica en materia de defensa, energía y tecnología. Francia y Alemania presentaron propuestas para acelerar la transición hacia una menor dependencia de proveedores externos, en un contexto en el que la palabra 'soberanía' se ha vuelto central en todos los discursos de los líderes continentales.
El debate sobre el conflicto de Medio Oriente puso a la luz las fracturas internas del bloque: mientras algunos miembros impulsan un papel más activo de la UE en el proceso de paz Israel-Líbano, otros prefieren dejar ese espacio a Estados Unidos y concentrar los esfuerzos europeos en su vecindad inmediata. La guerra en Ucrania, que sigue siendo la prioridad de seguridad del continente, también reclamó su espacio en la agenda.
Para México, cuya relación con la UE está amparada por un Acuerdo Global actualizado que abre oportunidades comerciales y de inversión, el rumbo de la política europea tiene consecuencias directas. Un bloque europeo más cohesionado y con mayor claridad estratégica puede convertirse en el socio alternativo que México necesita para reducir su dependencia del mercado estadounidense en un contexto donde los aranceles de Trump llegaron para quedarse.

