Rush vuelve a México y lo hace de la manera más inesperada: once años después de su última gira, R40, y seis desde la muerte del baterista Neil Peart, la banda más influyente del rock progresivo canadiense se presenta en el Palacio de los Deportes con un show que lleva semanas agotado. Geddy Lee y Alex Lifeson, los dos miembros fundadores sobrevivientes, se suben al escenario acompañados de Anika Nilles, baterista alemana de técnica impecable que asumió el rol más difícil de la música rock.
El regreso llega envuelto en expectativa y emoción. Para una generación de aficionados que creció con 2112, Moving Pictures y Hemispheres, ver a Rush en vivo era una posibilidad que se daba por perdida con el fallecimiento de Peart en 2020. El Fifty Something Tour, que inició en Manchester en mayo, ha recibido críticas unánimemente positivas: Lee y Lifeson tocan con la energía y precisión de sus mejores años, y Nilles no intenta imitar a Peart sino aportar su propia voz percusiva al catálogo.
El repertorio incluye clásicos del período más celebrado de la banda: Tom Sawyer, Limelight, The Spirit of Radio, YYZ y Subdivisions forman parte de un set que dura más de dos horas. La producción visual es de gran escala, con pantallas que proyectan imágenes del legado de Peart como homenaje constante a lo largo del concierto.
Para la audiencia mexicana, que siempre tuvo una relación especial con Rush, la noche representa algo más que un concierto. Es el cierre de un duelo y la celebración de que la música de una banda irrepetible sigue viva, en el escenario, exactamente donde debería estar.


