México se perfila para producir el primer biofungicida comercial basado en ARN, una tecnología que promete atacar hongos agrícolas con enorme precisión. La novedad, sin embargo, abrió una discusión inmediata: científicos advierten que ser pionero no sustituye una evaluación independiente de seguridad.
El producto utiliza moléculas de ARN para silenciar genes esenciales del patógeno y evitar que dañe el cultivo. Sus promotores sostienen que puede reducir el uso de fungicidas convencionales y dejar menos residuos, una ventaja atractiva para productores y consumidores.
Especialistas consultados por distintos medios señalan que todavía deben aclararse persistencia, efectos sobre organismos no objetivo, exposición humana y comportamiento fuera del laboratorio. También piden transparencia sobre los estudios entregados a las autoridades y sobre los criterios usados para autorizar su fabricación.
La consecuencia puede ser mayor que la de un solo insumo. Una regulación sólida abriría camino a una nueva generación de biopesticidas; una aprobación apresurada podría erosionar la confianza pública y convertir una innovación mexicana en otro conflicto entre productividad y precaución.






