La promesa era construir una economía sin intermediarios. Años después, las criptomonedas sobreviven, pero no sustituyeron al dinero ni eliminaron las estructuras que buscaban desafiar.
El mercado produjo nuevas formas de inversión, pagos y contratos digitales. También reprodujo concentración de riqueza, especulación, fraude y dependencia de plataformas centralizadas.
Gobiernos y bancos incorporaron parte de la tecnología mientras endurecieron reglas de identificación e impuestos. El resultado es un ecosistema más integrado al sistema financiero que revolucionario.
Para usuarios mexicanos, la lección es separar innovación de promesas de ganancia fácil. La volatilidad y la falta de protección siguen siendo riesgos centrales, aunque la tecnología haya madurado.






