La inteligencia artificial se expande en empresas, escuelas y servicios públicos a un ritmo que supera la creación de reglas y mecanismos de evaluación.
El aumento de inversión y usuarios muestra una adopción acelerada, pero una respuesta convincente no garantiza una decisión correcta cuando los datos son incompletos o están sesgados.
Especialistas señalan riesgos en privacidad, empleo, desinformación y concentración de poder tecnológico. También advierten que muchos sistemas siguen sin explicar cómo llegan a sus resultados.
El desafío ya no es decidir si se utilizará la tecnología, sino establecer responsabilidades, auditorías y límites antes de delegarle decisiones que afectan derechos y oportunidades.




