Un terremoto de magnitud 7.1 golpeó Japón y dejó al menos 34 muertos y 96 heridos. La emergencia se agravó por temperaturas cercanas a 36 grados y cortes de agua que alcanzaron a unas 80 mil viviendas.
Numerosos sobrevivientes optaron por dormir en automóviles ante el temor de réplicas y daños estructurales. Los equipos de rescate recorrieron zonas afectadas mientras hospitales y refugios trataban de evitar cuadros de deshidratación y golpes de calor.
La sacudida también frenó plantas de Toyota, Nissan y Mitsubishi, además de instalaciones vinculadas con chips de TSMC, Renesas y Sony. Algunas operaciones comenzaron a reanudarse, pero cada pausa alimenta el temor a interrupciones en cadenas globales de automóviles y electrónicos.
El impacto puede cruzar rápidamente el Pacífico: México depende de componentes, vehículos e inversión japonesa. Si los cierres se prolongan, una tragedia humana localizada puede transformarse en retrasos productivos y mayores costos para industrias conectadas.


