La guerra del Cártel de Sinaloa ya no se libra únicamente con armas. También se pelea por audiencias, relatos y cuentas capaces de convertir publicidad digital en dinero aparentemente limpio, una fórmula que ha colocado a creadores de contenido entre la propaganda y el lavado.
Investigaciones periodísticas describen perfiles artificialmente inflados, negocios vinculados con familias cercanas a Los Chapitos y volantes arrojados desde avionetas con nombres de supuestos operadores. La exposición pública, antes vista como protección o símbolo de éxito, se transformó en una marca de riesgo.
El asesinato de César Gastélum durante una transmisión volvió visible la amenaza. Milenio contabiliza siete creadores asesinados en Sinaloa desde octubre de 2024, mientras autoridades analizan si algunos canales difundían mensajes de facciones criminales o servían para mover recursos mediante pagos de plataformas y publicidad.
El impacto rebasa a los llamados narcoinfluencers. La mezcla de corridos, lujos, algoritmos y violencia normaliza el reclutamiento ante públicos jóvenes y dificulta separar contenido, propaganda y operación financiera. Para las plataformas y las autoridades, el desafío será seguir el dinero sin convertir cada expresión en redes en una acusación automática.





