Keir Starmer se convirtió en uno de los primeros ministros con mandato más corto de la historia reciente del Reino Unido. Su dimisión, anunciada el 22 de junio, llega tras semanas de presión interna insostenible desencadenada por la derrota aplastante del Partido Laborista en las elecciones locales de mayo, cuando Reform UK de Nigel Farage arrasó en distritos que durante décadas habían sido bastiones del laborismo. Aproximadamente una cuarta parte del grupo parlamentario del partido ya exigía abiertamente su cabeza.
El punto de inflexión definitivo fue la elección parcial del 19 de junio en el distrito de Makerfield, en el norte de Inglaterra, donde los laboristas volvieron a perder ante Reform UK. La derrota convirtió una presión difusa en una crisis terminal: Starmer convocó una reunión de emergencia del gabinete al día siguiente y confirmó su salida, en lo que sus aliados describieron como una decisión "dolorosa pero necesaria para dar al partido la oportunidad de reconstruirse".
Starmer permanecerá como primer ministro en funciones hasta que el Partido Laborista elija a su sucesor, proceso que comenzará formalmente el 9 de julio y que podría extenderse hasta septiembre. El favorito para sucederle es Andy Burnham, exalcalde del Gran Mánchester, quien ganó un escaño parlamentario días antes de que estallara la crisis y llega al proceso de liderazgo con una imagen de gestor pragmático alejado de las guerras internas del partido.
La caída de Starmer marca el segundo gran ciclo de inestabilidad política en el Reino Unido en menos de una década, después del caos del Brexit. El ascenso de Reform UK como primera fuerza en intención de voto plantea preguntas sin respuesta sobre el futuro del sistema bipartidista británico, mientras los analistas advierten que las políticas migratorias y económicas del próximo liderazgo laborista determinarán si el partido puede recuperar su base tradicional antes de las siguientes elecciones generales.


