Yayoi Kusama murió a los 97 años después de construir una de las identidades visuales más reconocibles del arte contemporáneo. Sus lunares, calabazas y habitaciones de espejos convirtieron experiencias íntimas en espacios que millones quisieron recorrer.
La creadora japonesa trabajó durante décadas entre pintura, escultura, performance e instalación. Su éxito tardío rompió récords comerciales para una artista mujer y llevó su obra de galerías experimentales a museos y exposiciones multitudinarias.
BBC y CNN confirmaron el fallecimiento mediante el comunicado oficial de la artista. Ambas coberturas destacaron cómo Kusama convirtió la repetición y el infinito en un lenguaje propio, inmediatamente reconocible incluso fuera del circuito especializado.
Su legado plantea una tensión entre experiencia artística y fenómeno de redes sociales. Las filas y fotografías no borran la radicalidad de una obra nacida de disciplina, enfermedad mental y una voluntad persistente de ocupar espacios que antes le estaban cerrados.





