Rusia lanzó uno de los bombardeos más intensos desde el inicio de la invasión, con 542 drones kamikaze y 37 misiles dirigidos contra infraestructura crítica ucraniana. El Ministerio de Defensa en Kiev reportó impactos en plantas eléctricas, estaciones de gas y centros de distribución en cinco regiones.
Las defensas aéreas ucranianas, reforzadas con baterías Patriot entregadas por aliados europeos, lograron derribar más del 80% de los proyectiles. Aun así, los impactos restantes fueron suficientes para dejar sin electricidad a cientos de miles de personas en la región de Jarkov y en zonas del norte del país.
El presidente Volodímir Zelenski pidió a sus socios occidentales acelerar los envíos de sistemas antiaéreos. Advirtió que Rusia prepara una nueva ofensiva terrestre en el este y que los ataques a la red eléctrica buscan dejar al país sin energía antes de invierno.
La Unión Europea condenó el ataque y activó un paquete adicional de ayuda humanitaria. Estados Unidos, ocupado en el frente de Irán, evitó comprometerse a nuevos envíos militares, lo que ha generado preocupación en Kiev sobre la continuidad del apoyo estadounidense.




