El pequeño comercio de barrio, ese que sostiene el abasto diario de millones de hogares mexicanos, atraviesa uno de sus peores momentos. Una encuesta de la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes documentó que la inseguridad y la inflación golpearon con fuerza a las tienditas durante la primera mitad del año.
El doble frente es lo que vuelve la situación tan difícil de sortear. Por un lado, el encarecimiento de la canasta básica reduce el margen y obliga a subir precios que los clientes ya no absorben. Por el otro, el cobro de piso y los robos consumen lo poco que queda.
Los comerciantes consultados describen un patrón repetido: reducción de inventarios, recorte de horarios de apertura y, en los casos más graves, cierre definitivo del local. Muchos operan sin acceso a crédito formal, lo que les impide amortiguar un mal trimestre.
El impacto trasciende al dueño del changarro. En México, más de la mitad de la población ocupada trabaja en la informalidad, sin acceso pleno a seguridad social ni protección laboral, y buena parte de ese universo depende justamente del comercio de proximidad. Cada persiana que baja arrastra empleos que no aparecen en ninguna estadística de despidos.


