Una sesión solemne en La Haya marcó los 80 años de la Corte Internacional de Justicia. António Guterres y el rey Guillermo Alejandro de los Países Bajos se sentaron en la primera fila de un acto que no era solo conmemorativo: era un recordatorio urgente de que el derecho internacional se está quedando atrás frente a la geopolítica.
La CIJ, creada en 1945, fue pensada para resolver controversias entre Estados por la vía jurídica. Hoy acumula casos sobre Gaza, Ucrania, Sudán, el genocidio en Myanmar y disputas fronterizas que se multiplican sin que los fallos tengan capacidad de cumplirse cuando las grandes potencias no quieren respetarlos.
Guterres subrayó que es momento de dar prioridad a la diplomacia sobre la guerra, en una alusión directa al conflicto en Irán, al bloqueo de Ormuz y a la erosión de los mecanismos de paz multilateral. La advertencia incomodó a más de un asistente que prefería mantener la jornada en clave protocolaria.
La semana del aniversario también coincide con debates sobre la reforma del sistema de Naciones Unidas y con propuestas para ampliar las competencias del tribunal. El punto central queda abierto: 80 años después, la CIJ sigue siendo un árbitro sin ejército ni poder coercitivo, y su relevancia futura depende de que los Estados quieran escucharla.

