La Ciudad de México hizo algo inusual: paró. Un decreto de asueto extraordinario suspendió actividades para permitir que millones de aficionados vivieran el partido de la selección en los dieciseisavos de final en el Estadio Azteca y, de paso, evitar que la megalópolis colapsara con la llegada masiva de gente a la zona.
La medida suspendió clases en escuelas públicas y privadas de todos los niveles dependientes de la SEP en la capital, desde preescolar hasta educación superior. El personal de oficinas gubernamentales cuyas funciones no eran esenciales pasó a trabajar desde casa.
El objetivo declarado fue reducir la carga vehicular, agilizar el transporte público y facilitar los operativos de seguridad ante la afluencia de aficionados locales e internacionales. Los servicios esenciales —hospitales, agua, energía, telecomunicaciones y transporte público— mantuvieron su operación normal.
La decisión reflejó la magnitud logística de albergar un Mundial: no se trata solo de los partidos, sino de mover una ciudad entera alrededor de ellos. Y esta vez, el esfuerzo tuvo recompensa deportiva.


