El dato que el gobierno federal destaca es la caída: la percepción de inseguridad pasó de 63.8 por ciento a 59.8 por ciento entre adultos mexicanos, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del Inegi. Es la lectura que la presidenta Claudia Sheinbaum ha usado para argumentar que la estrategia de seguridad rinde frutos.
El estudio abarcó 91 ciudades del país y el promedio nacional oculta un país partido. En algunas localidades más del 80 por ciento de los habitantes considera inseguro vivir donde vive. En el otro extremo, una ciudad registró apenas 10.6 por ciento de percepción de inseguridad, una diferencia de casi 70 puntos porcentuales entre los polos.
La ENSU mide una sensación, no una cifra delictiva, y ahí radica su valor: refleja qué tanto la gente modifica su vida cotidiana por miedo, si deja de salir de noche, si evita ciertas calles, si cambia de ruta. Esa dimensión subjetiva suele moverse más lento que las estadísticas de homicidios o robos.
La brecha entre ciudades plantea la pregunta incómoda: qué explica que dos localidades del mismo país produzcan realidades tan distintas. Las respuestas apuntan a la presencia del crimen organizado, la calidad de las policías locales y la incidencia de delitos que la gente vive de cerca, como la extorsión y el robo en transporte público.



