Los mercados petroleros enviaron una señal de alarma que ya se siente en gasolineras y supermercados de todo el mundo. El crudo Brent subió 3.1% hasta los 97.71 dólares por barril, mientras que el WTI se situó en 97.50 dólares, niveles no vistos desde la crisis energética de 2022. El detonante: el Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo global, permanece prácticamente cerrado al tráfico marítimo.
Goldman Sachs emitió un pronóstico que sacudió a los inversores: si el estrecho no se reabre en el próximo mes, el Brent promediará más de 100 dólares por barril durante todo 2026. El escenario tendría consecuencias devastadoras para la inflación global, especialmente en economías importadoras de energía.
La paradoja es que el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán debería haber calmado los mercados, pero la persistente incertidumbre sobre la situación en el Líbano y la lentitud con la que se reanuda el tráfico marítimo han mantenido la presión alcista sobre los precios. Los seguros para buques que transitan la zona se han disparado a niveles récord.
Para México, la situación tiene un doble filo: como productor de petróleo, los altos precios benefician los ingresos de Pemex, pero como importador neto de gasolinas y gas natural, el encarecimiento energético alimenta la inflación que ya golpea el bolsillo de los consumidores.



