El ébola ha matado a más de 1,700 personas en el este del Congo en lo que se ha convertido en el brote de mayor velocidad de propagación registrado para esta enfermedad. Hasta el martes se contabilizaban 3,802 casos y 1,707 defunciones, según la actualización más reciente del gobierno. El paciente cero sigue sin ser identificado.
El indicador que más alarma a los epidemiólogos no es el total de muertes, sino su origen. Entre 60 y 70% de los nuevos casos provienen de transmisión comunitaria y no de contactos previamente rastreados. Eso significa que el virus se mueve más rápido de lo que los equipos sanitarios pueden seguirlo, y que la cifra oficial probablemente subestima la magnitud real.
El brote, declarado el 15 de mayo, ha sido vinculado al virus Bundibugyo, para el cual no existen vacunas ni tratamientos aprobados. Esa es la diferencia crítica frente a epidemias anteriores del ébola de Zaire, donde las vacunas disponibles permitieron contener la propagación mediante anillos de inmunización.
La respuesta enfrenta obstáculos que van más allá de lo médico: un déficit de financiamiento, ataques contra centros de salud, un conflicto armado activo en el este del país y desconfianza de las comunidades locales hacia los equipos sanitarios. El brote se concentra en la remota provincia de Ituri, que acumula casi 90% de los casos, pero ya se confirmaron contagios en otras cinco provincias, incluida Kisangani, una de las ciudades más grandes del país.



