Una oleada de violencia sacude Irlanda del Norte. Lo que comenzó como un ataque con arma blanca en Belfast el 8 de junio —perpetrado por un solicitante de asilo sudanés contra un hombre de 40 años, causándole heridas críticas en cabeza, cuello y ojos— se convirtió en una noche de disturbios en los que grupos de extrema derecha quemaron vehículos, atacaron viviendas de familias migrantes y lanzaron cócteles molotov contra la Policía.
Las imágenes que circulan en redes sociales muestran calles iluminadas por incendios, familias huyendo con sus pertenencias y agentes de la Policía de Irlanda del Norte formando cordones para separar a los manifestantes violentos de los barrios habitados por minorias étnicas. La situación se replicó en menor escala en otras ciudades del Reino Unido, donde figuras y grupos de extrema derecha convocaron concentraciones antiinmigrantes.
Líderes políticos de todas las tendencias condenaron los actos de violencia. El primer ministro del Reino Unido calificó los ataques de cobardes y racistas, mientras los líderes comunitarios de Irlanda del Norte recordaron que la violencia sectaria tiene consecuencias devastadoras en una sociedad que lleva décadas construyendo la paz tras el conflicto del IRA. El subcomisario Ryan Henderson descartó que el incidente original tuviera motivación terrorista.
El caso abre un debate incómodo sobre la gestión migratoria en el Reino Unido posbrexit, donde el número de solicitudes de asilo se ha duplicado en tres años y los servicios de integración están desbordados. El gobierno enfrenta la presión de endurecer las políticas migratorias sin alimentar el discurso de los grupos violentos.

