Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva abren en el Palacio de Pedralbes la primera cumbre España-Brasil a nivel de jefes de Estado y la usan como plataforma para un mensaje más amplio: la izquierda global quiere hacerse oír frente al avance del trumpismo.
La IV Cumbre en Defensa de la Democracia reúne al presidente de la Unión Europea António Costa, al colombiano Gustavo Petro, al uruguayo Yamandú Orsi y a la mexicana Claudia Sheinbaum, además de delegados de Sudáfrica, Irlanda y Barbados. Por primera vez, América Latina y Europa coinciden con esta intensidad fuera de Naciones Unidas.
La cita incluye la firma de acuerdos sobre innovación digital, cooperación tecnológica y transición energética. Pero lo que pega titulares no es la letra chica de los memorandos, sino la fotografía colectiva: un frente político amplio dispuesto a cuestionar el bloqueo naval de Ormuz, las redadas de ICE y la política arancelaria de Washington.
Paralelamente, Barcelona acoge la Global Progressive Mobilisation, un encuentro con más de 3 mil participantes y más de cien partidos progresistas. La fundación de Vox salió al paso para acusar a Sánchez de convertir España en sede permanente de la izquierda radical, una crítica que el PSOE recibió como confirmación de que el mensaje estaba funcionando.

