Entre los contingentes que marcharon el 8 de marzo en distintas ciudades de México, uno de los más impactantes fue el de las madres buscadoras: mujeres que no marchan solamente por un derecho abstracto sino por el nombre concreto de un hijo o una hija desaparecida. Ceci Flores, Indira Navarro y otras líderes de colectivos de búsqueda se sumaron a las movilizaciones para visibilizar que en México más de 115,000 personas permanecen desaparecidas —una cifra que los registros oficiales reconocen, pero que las propias buscadoras consideran conservadora— y que detrás de cada expediente hay una familia que excava, busca e interpela al Estado sin que las instituciones respondan con la urgencia que el problema exige.
Las madres buscadoras llevan años realizando labores que corresponderían a las fiscalías: localizan fosas clandestinas, identifican restos, rastrean zonas de alto riesgo y presionan para que sus casos avancen. La organización Madres Buscadoras de Sonora, liderada por Ceci Flores, se ha convertido en un referente internacional de búsqueda civil y ha recibido reconocimientos de organismos de derechos humanos por su labor en condiciones de extrema vulnerabilidad. En el 8M, su presencia recordó que el feminicidio y la desaparición forzada son parte del mismo continuum de violencia que las marchas buscan erradicar.
Indira Navarro, otra de las voces más reconocidas del movimiento, habló con los medios durante la marcha sobre la desesperación de las familias ante el bajo porcentaje de casos resueltos. Las fiscalías estatales y la federal son cuestionadas por su falta de coordinación, sus bases de datos fragmentadas y la lentitud en los procesos de identificación de restos. La demanda de las buscadoras es clara: que el Estado asuma la búsqueda de desaparecidos como una política de Estado real, con presupuesto, personal especializado y voluntad política.
La participación de las madres buscadoras en el 8M redefinió el tono político de la marcha en varias ciudades, especialmente en estados del norte y del Bajío donde la desaparición forzada es más aguda. Sus carteles con fotografías de sus hijos generaron algunos de los momentos más emotivos de la jornada y recordaron a los marchantes que la lucha feminista no termina en la calle sino que continúa en los cerros donde cada fin de semana decenas de mujeres excavan buscando a los suyos.

