La guerra en Ucrania cruzó un umbral que los expertos en ética militar llevaban años temiendo: máquinas que combaten, capturan posiciones y matan con cada vez menos intervención humana.
Tras años de desgaste y escasez de soldados, Ucrania apostó por la robotización masiva del campo de batalla. El ejército ucraniano logró capturar una posición rusa utilizando únicamente drones aéreos y robots terrestres, sin un solo soldado sobre el terreno, un hito confirmado por el propio presidente Zelenski.
Las cifras revelan la escala del fenómeno: los sistemas robóticos terrestres ucranianos realizaron más de 22 mil misiones en la línea de combate en apenas un trimestre, y Kiev planea adquirir 25 mil vehículos terrestres no tripulados en seis meses. Del lado ruso, los drones V2U operan de forma completamente autónoma: navegan, identifican objetivos y atacan sin comunicación externa.
Organismos internacionales y especialistas en derecho humanitario alertan sobre el vacío legal: ¿quién responde cuando una máquina autónoma mata por error? La respuesta no existe todavía, y la tecnología avanza mucho más rápido que los tratados.

