En plena vitrina mundialista, México y Estados Unidos retoman sus trabajos de alto nivel en materia de seguridad, con dos temas explosivos sobre la mesa: el tráfico de fentanilo hacia el norte y el flujo ilegal de armas hacia el sur.
La relación bilateral en seguridad ha atravesado momentos de tensión por las presiones estadounidenses para frenar la producción de opioides sintéticos y por el reclamo mexicano de que la mayoría de las armas usadas por el crimen organizado provienen de Estados Unidos.
Los equipos de ambos gobiernos revisarán los avances en el combate al crimen organizado en general, en un contexto donde la cooperación se volvió ineludible: millones de aficionados cruzan la frontera en ambas direcciones por la Copa del Mundo y la seguridad de los visitantes se convirtió en prioridad compartida.
Del resultado de estas mesas dependen decisiones con impacto directo en México, desde operativos conjuntos contra laboratorios clandestinos hasta mecanismos para rastrear armas. Los especialistas advierten que la verdadera prueba será traducir los acuerdos en resultados medibles y no en comunicados diplomáticos.

